El Premio de “Consuelo”

Durante su administración se le consideraría un “cómplice pasivo” de las anónimas manos que, bajo inconfesables amparos, vandalizaron y destruyeron organizadamente las expresiones visuales de arte urbano generadas en distintos puntos de la ciudad de Santiago durante la revuelta popular y, muy especialmente, aquellas realizadas masivamente en el frontis del GAM, centro cultural del que hoy detenta su conducción.

Poco antes que se apareciera Julio, Felipe Alessandri dejaba el sillón alcaldicio de Santiago, abultando considerablemente el ya pesado saco de derrotas que, tras las últimas elecciones, ha debido cargar la derecha. Y no ha sido una pérdida más, hay que decirlo: Alessandri fue vapuleado por la militante comunista Irací Hasller en el corazón del poder ejecutivo y financiero del país. Pero, a pesar que este burgomaestre se retiraba de la Plaza de Amas en medio de acusaciones por el alto déficit en que dejaba las arcas municipales, el gobierno, esa Cofradía de Hermanos de la Costa que muy excepcionalmente tiene gestos compasivos, lo destinó al cargo de Directorio del Centro Cultural Gabriela Mistral, un premio que, por ser de consuelo, no requiere más méritos que el fracaso.

Pero el desastre de la cruzada del infante Felipe, comenzó mucho antes de la tormenta tropical desatada por el estallido social de octubre 19. Don Felipe, de prosapia con profunda raíz liberal, apostó a ser el almirante de la represión, al mando de una calumbrienta flotilla que a todas luces no resistiría el embate de los infieles. Lejos de la sensatez y las funciones propias de un alcalde honorable, el almirante Alessandri fue uno de los agentes detonadores de la revuelta iniciada ya casi dos años atrás. Desatendiendo sus verdaderas funciones, cedió ante la pueril manía de jugar con fósforos, sin entender que se hallaba en medio del pañol de pólvora. Secundado por la ex ministra de educación Marcela Cubillos –hoy la Anne Bonny de la Convención Constituyente— se dio a la labor de implementar una serie de medidas represivas con las que inútil y desesperadamente buscaba ejercer control del malestar social al interior de los establecimientos de enseñanza pública. El resultado fue la radicalización del movimiento estudiantil secundario.

Entre los nefastos y exasperados episodios por contener las movilizaciones escolares, se contaría la articulación de una red de soplonaje y persecución de los motines que el estudiantado adolescente organizaban. El modus operandi fue un grupo de “WathsApp” creado para llevar a cabo las delaciones, al más puro estilo dictatorial. Aula Segura –otra de las genialidades del infante aprendiz de almirante—permitió el ingreso y actuar impune de carabineros en los liceos, para reprimir y detener e, incluso, herir a estudiantes con armas de fuego durante las escaramuzas disuasivas. Con ello, don Felipe entraba en las páginas doradas de la historia de la oligarquía chilena, sentando precedentes de lo que sería la violación sistemática de derechos humanos que, a poco andar, replicaría de modo generalizado el actual gobierno, tras el estallido de octubre 19. Convencido del acierto de su plan, cada paso que daba lo hacía acompañado de la incondicional obsecuencia de los medios televisivos e impresos, sin percatarse que marchaba al abismo, dado que dichas comunicaciones solo aumentaban la indignación ciudadana.

Pero el oscuro historial de este avezado aprendiz de almirante no queda ahí: al parecer, él quería clavar las siete escobas en su bauprés. Durante su administración se le consideraría un “cómplice pasivo” de las anónimas manos que, bajo inconfesables amparos, vandalizaron y destruyeron organizadamente las expresiones visuales de arte urbano generadas en distintos puntos de la ciudad de Santiago durante la revuelta popular y, muy especialmente, aquellas realizadas masivamente en el frontis del GAM, centro cultural del que hoy detenta su conducción. Todo esto, junto a la quema del Centro de Arte Alameda (ex Cine Arte Normandie) y el dos veces incendiado Museo Violeta Parra, serían algunas de las perlas del botín de las “omisiones” de este pirata de los mares.  

Pero nadie navega solo en estas tormentosas aguas. Detrás del almirante y su balandra está en pleno la Cofradía de los Hermanos de la Costa, que hasta hace poco tiempo también abrieron fuego contra Las Culturas, Las Artes y El Patrimonio, esa lenta flota que zarpo sin soltar amarras. Es cuestión de revisar: la brevísima historia del ministro del fin de semana Mauricio Rojas, algo así como naufragio en una tina de baño; consejeros regionales de cultura de reconocida colaboración con la dictadura; el polémico apoyo de las máximas autoridades ministeriales al ex Ministro del Interior Andrés Chadwick, considerado como uno de los responsable políticos de las violaciones a los derechos humanos durante este gobierno; el uso de edificio institucional consagrado a la paz, para fines de espionaje aéreo (caso dron) contra la clase trabajadora movilizada. Son todas gestas de una hermandad que solo repara en sus limitados intereses y visión del mundo.

No hay certeza de si era previsible que el Premio de Consuelo entregado al infante Felipe, sería tomada como una provocación, pero pereciera que es lo que estaría sucediendo al interior de las golpeadas y sublevadas filas del sector de las culturas y las artes que, dicho sea de paso, ya tienen representación en la Convención Constituyente. Es posible que esta nueva patente de corso caduque antes de lo esperado, como ya sucedió con Catalina Parot, otra que fracasó en su intento electoral.

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