En el Día Nacional del Teatro, ¿continua la interrogante de dónde poner los pesos?

“estoy acá por mis compañeros, compañeras y compañeres en solidaridad con ellos por un año y cuatro meses de cesantía, por la falta absoluta de apoyo, porque no creo que el Ministerio no haya podido levantar una ley para entregar aportes directos al mundo de la cultura que tanto lo necesitan”

Se conmemoró este martes 11 un segundo y consecutivo Día Nacional del Teatro en situación de cuarentena. Dos años seguidos en que el gremio de las tablas no ha tenido nada que celebrar, puesto que el desolador panorama solo da para lamentar las deplorables condiciones laborales en que se desenvuelven las artes en Chile. Y si algún efecto colateral ha tenido el coronavirus, al margen de las ya consabidas consecuencias en la salud humana, ha sido precisamente desnudar la otra enfermedad del país, la precariedad del trabajo artístico pues, con extrema crudeza, ha expuesto la infinita inequidad con que el modelo neoliberal fustiga, en general, a los trabajadores y trabajadoras de las artes.

Una cosa nada nueva ha sido la sostenida desatención que en lo social comporta el funcionamiento de este sistema. Otra muy distinta es la ausencia de liderazgo que requiere una comunidad cuando es tocada de lleno por la catástrofe, asunto que no pasa por la cuestión pecuniaria, sino principalmente por un asunto actitudinal: algo similar a aquello que nuestros antepasados denominaban presencia de ánimo ante el infortunio.

Y al parecer, esta sostenida invisibilidad en el liderazgo sería lo que el martes movilizó desde temprano, un grupo de actrices y actores, junto a tramoyistas, vestuaristas, directores y productores, a darse cita en las afueras del domicilio de Consuelo Valdés Chadwick –la cuestionada ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio— para manifestar su más sentido rechazo a la sostenida desprotección social por la que sigue cruzando el gremio. Acompañados por referencia icónicas como Alfredo Castro, Alessandra Guerzoni, Héctor Morales, María Paz Grandjean y Néstor Cantillana, los manifestantes llegaron vestidos de negro hasta las afueras de la mencionada residencia, para entonar cánticos, leer discursos y realizar una performance consistente en la instalación sobre la reja del recinto, de cubre trajes negros y trajes utilizados en obras en señal de cesantía. El colectivo reunido denunció lo que, cada vez con más irascible impaciencia, vienen manifestando otros sectores de las artes: abandono, indolencia y ausencia de la más mínima empatía de parte de la autoridad para ir en ayuda del sector.

Alfredo Castro, quien estuvo entre los concitados, señaló: “estoy acá por mis compañeros, compañeras y compañeres en solidaridad con ellos por un año y cuatro meses de cesantía, por la falta absoluta de apoyo, porque no creo que el Ministerio no haya podido levantar una ley para entregar aportes directos al mundo de la cultura que tanto lo necesitan.”

El sostenido reclamo que tanto el gremio teatral como resto del mundo artístico le endosa al Estado, tiene fundadas y atendibles razones. En tiempos de pandemia han sido las artes y la producción cultural las actividades que más han contribuido a sostener la ya magullada salud mental del planeta. Y por otra parte, desde hace al menos 8 años atrás, el sector cultural nacional marca cifras que giran en torno al 2,2% del PIB, superando con creces a la industria de Bebidas y Tabaco (1,6%) y la Pesca (0,4%), al tiempo de equipararse con el sector Agropecuario/Silvícola (2,6%). Al contrastar esta cifra con el aporte fiscal al sector (0,32 % del PIB) se puede concluir que las llamadas “industrias creativas” son un sector productivo. Qué duda cabe. Pese a ello, el diferencial de 600% de haberes sobre el la inversión estatal, pareciera no alcanza a motivar en la autoridad respuestas que resulten más oportunas y equitativas a la ya consabida creación de nuevos y azarosos fondos concursables.

Y si examinamos la importancia estructural de las artes y la cultura en la convivencia humana, a la luz de lo que ellas reditan al desarrollo económico del país, ¿A qué se debe entonces la abulia de la autoridad ante el abandono por el que atraviesa el sector? Sabemos sobradamente que el Mincap “no tiene atribuciones para entregar ayudas sociales”. Pero el ministerio sí tiene las atribuciones para gestionar un trabajo intersectorial, como así también las facultades para tramitar dispositivos legislativos de urgencia que agilicen las operaciones presupuestarias. O ¿Será que, derechamente, todavía resuena como una convicción indeclinable, eso de que “Un peso que se coloque en Cultura es porque se deja de colocar en otra necesidad”?

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